EN LAS ENTRAÑAS DE LA ÚNICA ORDEN MONÁSTICO MILITAR DE VALENCIA

El paso de los Templarios dejó una gran huella en la Comunitat Valenciana. Estos monjes y guerreros hicieron historia entre los siglos XII y XIV.

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Las administraciones de diferentes villas quedaron en manos de esta orden militar cristiana, la más poderosa de la Edad Media, compañera de armas de Jaume I en las batallas decisivas para la conquista de Valencia y contra las sublevaciones mudéjares en el Reino. Así, el Rey los premió a lo largo del tiempo con diversas propiedades como el castillo de Alcalà de Xivert y Peñíscola, testimonios directos de su paso por estas tierras.

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Pero, el fin de los templarios en tierras valencianas llegó en 1307. El poderío económico acabó con ellos. Felipe IV ‘el Hermoso’, que tenía una gran deuda con los caballeros de la orden, inició una campaña de desprestigio, que derivó en un juicio. El 18 de marzo de 1314, Jacques de Molay, el último Gran Maestre, fue quemado en la hoguera, en París, frente a Notre Dame. Los caballeros, acusados de sodomía, herejía y hasta de brujería y huídos de la justicia o presos, se quedaron sin tierras, ni bienes. Quedaron bajo el dominio real.

Así, con el Reino de Valencia desprotegido -y el poder de la Iglesia amenazando con crecer sin límites- Jaume II, con la aprobación del Papa Juan XXII, crea en 1317 la orden de Montesa, heredera directa de los bienes del Temple. La única orden monásticomilitar nacida estríctamente en Valencia que se asenta en un lugar estratégico del Reino. Una antigua fortaleza de origen musulmán -que Pere III conquistó en 1277- situada sobre un pedestal rocoso a 340 metros sobre el nivel del mar, sobre la Montaña de Montesa.

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Y así, a los pies de la Serra Grossa (en la comarca de La Costera), a principios del siglo XIV empezó la reconstrucción y ampliación del castillo-convento de Montesa. Declarado Bien de Interés Cultural en 1926.

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La orden de Montesa: creada bajo la ordenanza de Jaume II recogía los bienes del Temple para convertirse en una milia protectora de la frontera sur del Reino de Valencia

Esta fortaleza, donde residían unos 20 religiosos, no era como la conocemos ahora. Entre 1327 y 1374 se realizaron importantes obras para atender a las obligaciones monacales de los religiosos. Trabajos que se prolongaron hasta casi mediados del siglo XVI. Las obras más importantes se realizaron bajo el mandato de fray Pedro de Tous (1327-1374), tercer maestre de la orden, que mandó construir la sala capitular, el refectorio, la iglesia, una cisterna, el horno, la enfermería y la muralla que rodeaba el convento. A finales del siglo XIV, durante el mandato de fray Berenguer March, se alzó el claustro. Posteriormente, se construiría el dormitorio y la capilla de San Jorge, así como la magnífica puerta de las habitaciones del maestro, hoy trasladadas al Palau de la Generalitat en Valencia.

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El paso del tiempo -y las inclemencias de la naturaleza- asolaron el castillo. Y es que, en 1748 un terremoto y sus réplicas destruyeron gran parte del convento, obligando a los frailes que sobrevivieron a desplazarse al monasterio del Temple en Valencia, actualmente la Delegación del Gobierno en la Comunitat Valenciana.

Desapareció todo. Pero, ¿cómo era esta fortaleza? Los cronistas valencianos la describen como «una fortaleza con un puente colgante sobre un foso de 18 brazos». «En su cerco estaba el palacio monacal, el sacro convento, la iglesia y otros edificios». Además, distintos textos describen el convento como «hermoso», un «castillo importante en el Reino» que albergaba una iglesia «grande bien adrezada de retablos, coro y servicios», dedicada a la Asunción de la Virgen y que «contenía reliquias de un fragmento de la Cruz del Redentor y valiosas joyas». La casa se describe «con muchos espacios y aposentos, tres aljibes y un claustro con naranjos y cipreses». Poco queda de las dependencias del palacio: archivo, biblioteca, calabozo, subterráneos, cuartel, corredores, cocina…

Pero, los restos siguen en el peñasco. Y se pueden visitar. La fortificación actual corresponde a las diversas obras de limpieza de los restos que la propia orden dejó a su suerte, y de las restauraciones que se han sucedido desde que, en 1926, se declarara Bien de Interés Cultural. En 1970 el Ayuntamiento de Montesa adquirió el castillo, que antes había tenido dueños particulares como el marqués de Benamejís y caballero de la orden de Santa María de Montesa.

En la actualidad sólo se puede disfrutar de algunas dependencias de lo que fue en su día el Santo y Real Convento de la Orden de Santa María de Montesa y San Jorge de Alfama. Durante la última década se han realitzado importantes intervenciones, que han permitido recuperar la rampa original de acceso al castillo, la consolidación de estructuras, limpieza de aljibes y en 2008, la reconstrucción de la sala capitular.

El paseo por este pueblo valenciano y su castillo permite además, disfrutar de las magníficas vistas que se abren desde las alturas del peñón.

Gracia M. Morant (Las Provincias).

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